martes, 27 de octubre de 2015

Capítulo 142: “I Will Survive”. Gloria Gaynor.

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Deprimartes bailable:

La temática que siempre he elegido para analizar es el Rock & Roll en su costado más melancólico. En su defecto también puedo desglosar temas que representen no sólo cualquier grado de tristeza, sino también la ira, el sarcasmo, la locura, la desidia, o cualquier otra emoción que simbolice algún tipo de rechazo de la realidad tal y como nos es dada. Es por eso mismo que me ha sido muy difícil encontrar para este análisis una canción de una de las épocas del Rock más significativas: la música Disco. Y he aquí que luego de mucho investigar y cavilar al respecto, me decidí por uno de sus himnos más reconocidos, que dice lo siguiente: “Al principio estaba muerta de miedo, petrificada; pensaba que no podría seguir viviendo sin ti a mi lado. Pero desde entonces pasé tantas noches pensando en todo el mal que me hiciste, que me volví fuerte y aprendí cómo salir adelante. Y ahora estás de vuelta, apareces de la nada; sólo entré aquí y me encontré con tu mirada triste. Debí haber cambiado la estúpida cerradura, te hubiera hecho dejar tu llave, si hubiera sospechado que ibas a volver a molestarme”. Primero, un poco de marco conceptual: la música Disco nace hacia mediados de la década del ’70 tomando como influencia directa el Glam Rock. Básicamente, lo que ocurría por aquella época era que la música estaba en el mejor momento de su historia, con expresiones tan sublimes como el Rock Sinfónico, el Rock Conceptual y aún el Rock Psicodélico. Esto nos dio los mejores años de música que se recuerden, con temas que eran verdaderas suites que superaban holgadamente los cuatro o cinco minutos de cualquier canción Pop –era común que los álbumes tuvieran sólo cinco o seis temas en total-, y con letras donde las hadas, los magos y las espadas estaban a la orden del día. Había un único problema: las discotecas estaban vacías. Esta era música para ser escuchada y disfrutada, no para ser bailada. Y así fue que los dueños de los boliches bailables fueron a ver a los productores discográficos, y… ¡Voilá!

Así fue como empezaron a aparecer cual plaga personajes estrafalarios con gigantescos peinados afro y zapatos con plataformas de alturas ridículas, bailando coreografías sacadas de la película “Fiebre de sábado por la noche” en lugares con pisos luminosos, cocaína servida a raudales, y –por supuesto, el símbolo de lo que fue esa época- una gran bola de espejos desparramando lucecitas en todas direcciones. Pero no todo fue cuestión de estética, el movimiento Disco fue tan potente como lo fue su música: “Vete ya mismo, sal por esa puerta. Da media vuelta y lárgate, ya no eres bienvenido aquí. Fuiste tú el que intentó destruirme con tu partida. ¿Pensaste que me harías trizas? ¿Pensaste que yo me dejaría morir? Oh, no; yo no. Yo voy a sobrevivir. Mientras siga sabiendo cómo amar sé que continuaré con vida. Tengo toda mi vida para vivir, tengo todo mi amor para entregar. Así que voy a sobrevivir”. En cuanto a sus letras, como vemos aquí, fueron dejados de lado los duendes y las hadas, y la cosa se volvió más terrenal; abarcando conflictos un tanto más cotidianos y emocionales.

Por alguna circunstancia inexplicable, el Disco nunca toleró muy bien los solos de guitarra, y salvo algún que otro riff, los virtuosos de este instrumento sobrevivieron virtiendo su talento en el Funk. En su lugar, las discotecas estaban inundadas con eximios cantantes de raza negra, bajos eléctricos de líneas vivaces y elaboradas, y por sobre todo, una batería potente cuyo bombo golpeaba el doble de tiempo que el redoblante -al revés que todas sus ramas antecesoras del Rock-, lo cual provocaba que cualquiera saltara a la pista de baile: “Tuve que usar todas las fuerzas que tenía para no venirme abajo, estuve mucho tiempo intentando arreglar mi corazón hecho pedazos. Y pasé demasiadas noches sintiendo lástima de mí misma. Lloré mucho, pero ahora puedo llevar la frente en alto. Y aquí me ves, una persona nueva. Ya no soy esa pequeña que vivía encadenada a tu amor”. Coronaba todo esto unas excelentes secciones de cuerdas y de vientos, concluyendo lo que siempre fue una producción costosísima; hecho que terminó por ser su propia tumba. Además del cansancio que terminó por provocar en las masas –es uno de los pocos movimientos que registró manifestaciones públicas multitudinarias para que terminara de una buena vez por todas-, para principios de los años ’80 producir un tema Disco era algo muy caro comparado con lo nuevo que se venía: un simple sintetizador programado que ejecutaba todos los instrumentos. Llegaba el auge del Rock Electrónico. Pero esa es otra historia…

Tan poderoso era el influjo de la música Disco, que artistas que venían de otras vertientes terminaron interpretándola. Algunos de ellos, inclusive, llegaron a grabar canciones que se convirtieron en símbolos de este género, y hasta les costó enormemente despegarse del rótulo de músicos de la Era Disco, si es que lo lograron finalmente… Los casos de The Jackson 5 (Blame It On The Boogie), Electric Light Orchestra (Last Train To London), y –especialmente- The Bee Gees (Staying Alive), son sólo algunos ejemplos notorios, pero casi ningún artista que grabara por esos años pudo evitar hacer algún tema Disco. Y aún fue todo tan particular en este movimiento, que no tuvo una sola mujer a la cual llamaron “Reina del Disco”, sino que tuvo dos: una de ellas fue Donna Summer (con éxitos como “Hot Stuff” y “Bad Girls”), y la otra fue la señora de quien hoy me ocupo, Gloria Gaynor. Además de temas enormes como “Can’t Take My Eyes Off Of You” y “Never Can Say Goodbye”, nos dejó esta declaración de principios de una mujer que descubre su fortaleza: “Y tú creíste que simplemente podías pasar y esperar que yo estuviera libre, pero ahora estoy reservando mi corazón para alguien que me ame de verdad”. Bien, lo logré; pude darme el gusto de abarcar la música Disco en mis Deprimartes. Espero que les haya gustado… ¡Feliz Deprimartes!  

martes, 20 de octubre de 2015

Capítulo 141: “Don’t You Forget About Me”. Simple Minds.


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Deprimartes olvidadizo:

De entre todo el vertedero musical que resultó ser la década de los años 80’s –festival de la cantidad por sobre la calidad-, las pocas cosas buenas allí brillaban como un relámpago en la noche. Y éste sea probablemente “EL” tema de esa década. Aún abrevando en todos los clichés electrónicos con que esos años infestaron el rock, los escoceses de Simple Minds supieron ser sobrios en la producción de esta canción, la cual es potente y elegante a la vez; positiva, pero melancólica: “¿No vendrás a verme? Estaré bailando solo, y tú lo sabes. Cuéntame tus problemas y tus dudas, muéstrame todo lo que tienes adentro. El amor es extraño, se siente tan real en la oscuridad. Piensa en todas las cosas buenas que tú y yo hemos proyectado. Un cambio lento puede alejarnos, así que cuando la luz entre en tu corazón, no vayas a olvidarte de mí”. Esta banda de sonido limpísimo, y de muy bajo perfil, supo cabalgar los rankings con temas como este y otros éxitos enormes, pero son uno de esos casos muy comunes en la historia del Rock en el cual un grupo reniega de su mayor suceso. Este fue su tema más popular, y sin embargo no fue editado nunca en ninguno de sus álbumes de estudio oficiales.

Por supuesto que uno de los pilares del éxito de este tema tiene que ver con su inmediata identificación con una enorme película de esa época –los 80’s también nos dejaron un tendal de espantosos filmes, y éste no es el caso-, considerada por muchos como la mejor película de adolescentes que se haya filmado. Hablo de The Breakfast Club, o la historia de cinco estudiantes pertenecientes a los típicos estereotipos de escuela, pasando todo un día juntos castigados; algo que los hace reconocerse en el otro, y les da la valentía para escapar a los modelos que la sociedad les imponía: “¿Me prestarás atención desde lo alto? Vigila mi camino y nunca me ames. La lluvia sigue cayendo. ¿Tú me reconocerás? ¿Dirás mi nombre o sólo seguirás de largo?”. La letra del tema no dice gran cosa, y hasta en algún punto es un tanto contradictoria. Por momentos parece entablar una conversación con un Dios en el cielo, y por otros simula hablarle a una chica a la cual seduce: “No trates de fingir, yo siento que lo lograremos al final. No voy a lastimarte, ni a tocar tus defensas, tu vanidad ni tu seguridad. No te olvides de mí…”.

Pero aún así grafica muy bien esa necesidad que todos llevamos impresa en el fondo del alma por perdurar más allá del tiempo, por pervivir en la memoria de todos aquellos que alguna vez tuvieron el supuesto placer de conocernos. Ese mandamiento superior y desesperado que nos hace huir aterrados de la posibilidad de hundirnos para siempre en el olvido: “Voy a desarmarte, y voy a rearmarte en mi corazón. Así que no, no, no; no te olvides de mí… Mientras te vas, ¿dirás mi nombre?... ¡Vamos, di mi nombre!”. No se olviden de mí… ¡Feliz Deprimartes!

martes, 13 de octubre de 2015

Capítulo 140: “Streets Of Philadelphia”. Bruce Springsteen.

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Deprimartes terminal:



Pocos artistas han intentado dar una imagen tan representativa de la clase trabajadora yanqui como Bruce Springsteen. Su estampa de camionero sobre el escenario le ha valido la identificación con el público común, y no por nada es conocido con el apodo de “El Jefe”. Pero para llegar a la cúspide de su obra, dejó de lado todo eso; y con toda la sobriedad que un ser humano puede lograr, le cantó como nadie a la enfermedad y a la muerte: “Estaba lleno de moretones y magullones, y no podía decirle a nadie cómo me sentía. Estaba irreconocible para mí mismo. Vi mi reflejo en una ventana, y no vi mi cara ahí. Oh, hermano, ¿vas a dejar que siga arruinándome aquí, en las calles de Filadelfia?”



Ese cambio de actitud para encarar la canción principal de la película “Philadelphia” terminó por valerle un premio Oscar. Y fue el mismo director de la película, el gran Jonathan Demme, quien dirigió este estremecedor videoclip, donde Bruce desanda los suburbios de esta ciudad, rodeado de gente desesperanzada: “Caminé por la avenida hasta que mis piernas se sintieron como piedras, escuché las voces de amigos que se desvanecían y desaparecían. Por las noches podía escuchar la sangre en mis venas, que se volvía negra y me susurraba como lo hace la lluvia en las calles de Filadelfia”. Es de destacar la elección del director por utilizar el audio que está plasmando directamente Bruce mientras camina, en lugar de ponerlo a hacer mímica sobre una cinta pregrabada. La naturalidad que esto le imprime a su interpretación le da una calidad humana enorme a este video.



“Ningún ángel va a saludarme, somos sólo tu y yo, amigo mío. Y mis ropas ya no me quedan. Es como si hubiera caminado miles de millas sólo para librarme de esta piel”. Azote imparable del fin de milenio, el síndrome de inmuno deficiencia adquirida segó la vida de millones, de una manera lenta y dolorosa. Y lo peor era el temor a la condena social, lo cual parecía llevarnos de vuelta varios siglos atrás, cuando lo común era señalar al leproso y aislarlo. Así que la condena a muerte era doble, la física y la social: “La noche ha caído y yo estoy tirado despierto, puedo sentir cómo me voy desvaneciendo. Así que recíbeme, hermano, con tu beso desesperanzado, o ambos vamos a quedarnos solos en las calles de Filadelfia”. Aunque aún en estos años –y parece que por muchos más- tenemos que lidiar con esta terrible enfermedad, tengo la sensación de que hemos avanzado mucho en cuanto a no discriminar a aquellos a quienes la sangre se les vuelve veneno… ¡Feliz Deprimartes!

martes, 6 de octubre de 2015

Capítulo 139: “The Hardest Button To Button”. The White Stripes.

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Deprimartes rojo:



“Empezamos viviendo en una vieja casa, mi mamá dio a luz y nosotros estábamos ahí mirando. Era un varoncito, así que le compramos un juguete. Era una pistola de rayos, y era 1981. Lo llamamos Bebé, y tenía un dolor de muelas que le hacía llorar como si fuera un terremoto. Eso no duró mucho, porque yo lo detuve. Agarré un muñeco de trapo y le metí unos alfileres adentro”. Si bien este es un relato imaginario, suena como el hogar en el que hubiera nacido un loco como éste, con una onda muy a lo Tim Burton, llamado Jack. Este muchacho tan particular se enamoró de una chica de nombre Meg White, y le robó su apellido. Luego le enseñó a su novia a tocar la batería, y armaron un dúo en el que se vestirían exclusivamente con los colores negro, rojo y blanco. Este chico estaba tan loco que durante años juró que su novia era su hermana, para que la gente le prestara más atención a su música que a su pareja… En fin, actitudes.



Y es que de esto se ha tratado siempre el Garage Rock. Músicos muy jóvenes, con talento aún en desarrollo, juntándose en cualquier espacio improvisado para darle rienda suelta a su furia con un instrumento. Plena actitud adolescente, que siempre nutrió al Rock de nueva sangre desde principios de los años ‘60s, y a través de los distintos resurgimientos que el rock de garage tuvo en las siguientes décadas: “Ahora ya somos una familia, y estamos bien. Ahora tenemos dinero, y un pequeño lugar donde pelearnos. No te conocemos, y no te debemos nada, pero si nos ves por ahí, tal vez yo tenga algo más para mostrarte”.



Debido a las influencias que tuvo, Jack siempre estuvo inclinado a buscar un sonido valvular. Era muy común en las grabaciones del dúo el uso y abuso de equipamientos de la década del ’70. Y eso le daba una impronta cruda y visceral a su música, la cual remataba con letras igualmente filosas: “Es fácil hablar sin saber cómo son las cosas. Y si crees que esto es sórdido, entonces dilo; pero sé sintético. Nosotros nos sentimos bien, pero parece que eres tú el que está mal. Es como si fueras ese pequeño botón de una camisa que siempre es el más difícil de abrochar”.



Es digno de mención lo logrado que está este videoclip, realizado con la centenaria técnica del stop-motion. Las réplicas de baterías y amplificadores se multiplican y se retrotraen, como si fueran un molusco hiperactivo, subrayando el clima extraño que tanto la música como la letra generan. Y hacia el final del video aparece otro loco vestido de blanco, y trayendo “una caja que tiene algo adentro”; es nada menos que Beck, de quien esta sección se encargará dentro de poco. Y bueno, así son los locos: Dios los cría… Y el viento los amontona: “Yo antes tenía una opinión formada, pero ya eso no importa. Sentía que mi cerebro era como una mezcla para hacer panqueques. Y ahora tengo un patio trasero casi vacío. Sólo hay un palo, un perro, y una caja que tiene algo adentro”. ¡Feliz Deprimartes a todos los locos del mundo!